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domingo, 5 de abril de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
jueves, 5 de marzo de 2015
CULTURA Y LECTURA
VIDA SIN CULTURA
Casi han desaparecido el acto de leer y la mirada reflexiva sobre el arte producido durante milenios. Síntoma de este deterioro es la abrupta sustitución de la lógica filosófica por la del emprendedor en la reforma educativa.
Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.
De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.
El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.
Quien escuche una opinión semejante rápidamente alegará que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser así, habríamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es lógico, las nuevas tecnologías, extraordinarias productoras de imágenes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probaría que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, confía su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, ¿cuál es la calidad de su mirada? ¿Mira auténticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con móviles y cámaras fotográficas, que son casi todos por la presión del denominado turismo cultural.
Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Pietà en la Basílica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; apóstense, más bien, a un lado y miren a los que tendrían que mirar. La conclusión es fácil: en su mayoría no miran porque únicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a través de su cámara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las imágenes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galerías. ¿Alguien tiene tiempo de pensar en la ambigua ironía de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel Ángel? Es más: ¿alguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?
Paradójicamente, nuestra célebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captación del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente paródico, ilustra bien la orientación presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simultáneamente, un acto superficial, amnésico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigiría una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elección desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idolátrica es un vertiginoso consumo de imágenes que se devoran entre sí. Al adicto a esta mirada, al ciego mirón, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco está en condiciones de confrontarse con las imágenes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.
De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y oídos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la “lógica del emprendedor” no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la “lógica del emprendedor”, aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.
El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.
Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.
Rafael Argullol
(El País, 6-III-2015)
martes, 24 de febrero de 2015
domingo, 8 de febrero de 2015
miércoles, 28 de enero de 2015
ABORTO, HOLOCAUSTO SILENCIOSO
1. Se produce un aborto cada 4,8 minutos. Es decir, más de 12 abortos cada hora y 298 abortos cada día.
2. Envejecimiento Poblacional: El aborto está provocando unos efectos constatables, medibles y analizables, que ofrecen un panorama desolador y preocupante y que están favoreciendo el envejecimiento poblacional y la inversión de la pirámide poblacional.
3. El aborto es un freno a la natalidad: el número de abortos que se produce en un año (108.690 en el 2013) es equivalente a casi la mitad del déficit de natalidad que tiene España. Sin el aborto, el índice de fecundidad en España sería de casi 1,7.
4. Para darnos cuenta de la magnitud del aborto se puede señalar que:
• Los abortos que se producen en cuatro días en España (1.192 abortos) superan la mortalidad por accidente de tráfico de todo un año (1.134 muertes en el 2013), o casi la
mitad de los suicidios anuales (3.539 en 2012).
• Los 300 niños que dejan de nacer en España por el aborto cada día, equivalen a la desaparición de más 100 colegios de tamaño medio en España cada año por falta de niños.
5. Descenso Ficticio: Aunque en el 2013 ha habido una reducción de 3.700 abortos respecto al 2012, pero se debe considerar “ficticia” ya que ha sido debido a: el descenso del número de embarazos y la reducción del número de inmigrantes.
6. Potenciación de las PDD: El número de abortos sería aún mayor si tuviéramos en cuenta los abortos químicos producidos por las Píldoras del Día Después (PDD). En España se dispensan alrededor de 1 millón de píldoras anuales, que están “camuflando” el número de abortos “quirúrgicos“, pues las PDD tienen también un efecto abortivo. Además, se dispensan sin prescripción médica, incluso a menores.
7. Principal causa de mortalidad. El aborto se ha convertido en la principal causa de mortalidad, muy por encima de otras fuentes de defunciones tales como el cáncer, los accidentes de tráfico, los suicidios, los homicidios, el VIH, etc.
8. El número de abortos que se produjeron en el año 2013 es superior a la población conjunta de ciudades como Soria, Ceuta o Melilla, o a más de la mitad de poblaciones como Teruel, Segovia, Palencia, Ávila, Zamora, Cuenca o Huesca.
9. 2 millones de abortos desde 1985. Se ha superado en más de un millón novecientos mil abortos acumulados desde 1985 (1.914.446 abortos). Es superior a la población conjunta de las Comunidades de Navarra, La Rioja y Cantabria.
10. 1 de cada 5 embarazos termina en aborto, proporción que no ha dejado de crecer año tras año. En el año 2013 se produjeron 534.080 embarazos, de los cuales 425.390 fueron nacimientos y 108.690 terminaron en abortos. Esto supone el 20,35% de los embarazos.
11. El aborto “libre” es una realidad en España. 9 de cada 10 abortos se han realizado “a 10 abortos se han realizado “a petición de la mujer” y sin aducir ningún tipo de causa.
12. El aborto se utiliza como un medio anticonceptivo más. Más de un tercio de los abortos (el 37,25% -40.480 abortos-) han sido precedidos de otros anteriores.
13. Uno de cada 9 abortos (el 11,75% -12.771 abortos-) son de adolescentes (menores de 20 años).
14. La inmensa mayoría de los abortos (101.409) se produjeron durante las 12 primeras semanas - 9 de cada 10 abortos- .
15. El aborto se ha convertido en un negocio que mueve más de 50 millones de euros al año. Cada vez hay más centros abortivos (casi 200) y está teniendo un crecimiento espectacular desde el 2008.
16. Desde la llegada del Gobierno de Rajoy se han contabilizado más de 221.000 abortos (años 2012 y 2013), sin que se haya modificado/derogado la ley tal y como se había comprometido en su programa electoral.
17. España se encuentra “en el pódium” de los abortos en Europa, tan solo por detrás de Francia y Reino Unido.
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