jueves, 28 de mayo de 2015

¿ES POSIBLE LA UTOPÍA HOY?

PIETER BRUEGEL, Torre de Babel (1563)

Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
 
Olivia Muñoz-Rojas. El País (29/05/2015)

sábado, 18 de abril de 2015

EL DERECHO A DESCONECTARSE

Las tres obsesiones de Estados Unidos –la tecnología, la forma física y las finanzas- han coincidido finalmente en Fitcoin, una nueva aplicación que permite a los usuarios monetizar sus visitas al gimnasio. El mecanismo es sencillo: al integrar rastreadores y artículos ponibles en actividades corrientes, los latidos de nuestro corazón se convierten en moneda digital. Los fundadores de Fitcoin esperan que, como en el caso de su hermana mayor Bitcoin, esta moneda se pueda utilizar para comprar artículos exclusivos de socios como Adidas y reducir nuestras primas de seguro.
Puede que Fitcoin fracase, pero se sustenta en un principio que apunta la gran transformación que está experimentando la vida social, sometida a una conectividad permanente y a una mercantilización instantánea: lo que antes se hacía por placer o simplemente para encajar en las normas sociales, ahora lo dirige, con mano de hierro, la lógica mercantil. Las demás lógicas no desaparecen, pero, ante el incentivo monetario, se convierten en algo secundario.
La capacidad para medir a distancia todas nuestras actividades está proporcionando nuevas formas de especulación, ahora que todo el mundo –desde las grandes empresas a las aseguradoras, pasando por los Gobiernos- puede diseñar arteros sistemas de compensación para provocar el comportamiento deseado en consumidores deseosos de ganarse unas perrillas. De este modo, hasta la más prosaica actividad cotidiana puede vincularse a los mercados financieros mundiales. Al final, todos tendremos intereses en derivados que relacionarán el derecho a recibir ciertos servicios médicos con nuestro ejercicio físico. Así es como la buena forma y la salud van cayendo paulatinamente en los dominios del dinero y las finanzas.
En otros ámbitos se están produciendo transformaciones similares, muchas de ellas atizadas por la capacidad para recabar información y aprovecharla en tiempo real. Pensemos en el aparcamiento, donde una serie de aplicaciones como Haystack y MonkeyParking ha permitido a conductores solo provistos de teléfonos inteligentes subastar estacionamientos públicos a otros conductores que buscan sitio. Mediante «Make a Move», Haystack permite incluso a quienes han tenido la suerte de encontrarlo, subastarlo a su vez al mejor postor. Evidentemente, los sitios siguen siendo públicos, lo que cambia de manos es la información sobre su disponibilidad. Pero muy poco importa su teórica condición de bienes públicos, porque el mercado negro de la información arteramente los convierte en privados.
La industria de la restauración ha asistido a la explosiva proliferación de aplicaciones parecidas. En lugar de intentar reservar mesa en un restaurante de moda, ¿por qué no pujar simplemente por ella en una subasta en internet? Aquí, la lógica mercantil también sustituye a la equidad de la doctrina anterior: el principio de que la mesa es para el que primero la pide. Usuarios de aplicaciones como Shout pueden reservar mesas con nombres falsos con el único propósito de revenderlas a otras personas. Y no solo funciona en los restaurantes: también se puede vender el puesto en la cola para adquirir el último iPhone.
Está claro que el viejo sistema no era perfecto –los VIP no solían tener problemas para hacer reservas- así que hay algo de cierto en la retórica emancipadora, de exaltación democrática, que defienden los creadores de esas aplicaciones: nos conducen desde jerarquías parcialmente basadas en formas de poder no monetarias (fama, contactos, reputación) a otras cuya raíz única es el dinero. Antes, para obtener una mesa en un restaurante de moda, tenías que ser rico y famoso; ahora, ¡basta con ser rico! Pero una de las ventajas del viejo sistema era que de vez en cuando permitía hacerse con una mesa a los que no tienen ni dinero ni fama: de ahí que se considerara justo y equitativo. El nuevo sistema no hace excepciones: solo conoce las leyes de la oferta y la demanda.
Las transformaciones que están sufriendo todos esos prosaicos lugares –el gimnasio, el aparcamiento, el restaurante- ponen de manifiesto que, cuando se les añade una capa de información, pueden perder otras, sobre todo las relacionadas con un disfrute ajeno a la utilidad, puramente estético, o con la solidaridad y la equidad. Bien pudiera ser que los peores excesos del capitalismo fueran manejables, por lo menos psicológicamente, precisamente porque en ocasiones podíamos cobijarnos en diversas zonas herméticas que no se rendían a la lógica de la oferta y la demanda. Gracias a esas zonas, impermeables a los ritmos de la globalización, podíamos pensar que era factible aspirar a una autonomía personal ajena a la burbuja mercantil.
De este modo, siempre podíamos encontrar consuelo en el arte, el deporte, la comida o el urbanismo: esos dominios, nos decíamos, eran fruto de consideraciones estéticas o artesanales, o presentaban suficiente cooperación y solidaridad como para compensar la ocasional brutalidad de las relaciones mercantiles a las que no podían escapar. Después de todo, había algo que te elevaba el espíritu, algo reconfortante en el hecho de que un gestor de fondos de inversión tuviera que pasarse tanto tiempo como un conserje buscando sitio para aparcar. Hace diez años, esta supuesta igualdad entre ambos era una realidad que parecía inalterable; hoy en día, no es más que una imperfección tecnológica que podría fácilmente enmendarse con un teléfono inteligente.
Nuestra vida la han hecho llevadera esas imperfecciones de las que muchas de nuestras instituciones se han aprovechado. Los periódicos, amparándose en la bendición de no saber lo poco que interesaban algunos de sus artículos, podían correr el riesgo de colocarnos en primera página aburridos textos sobre cuestiones de relevancia pública. Ahora, cuando se mide y pronostica cualquier clic, ese riesgo no viene al caso: hasta las decisiones editoriales han de tomarse con la vista puesta en la lógica del mercado.
Tampoco los aficionados a la lectura tenían forma de comprobar si la librería en la que estaban ofrecía el mejor precio para el volumen que tenían en las manos. Con frecuencia se arriesgaban, pagaban más y contribuían al sostén del establecimiento. Ahora, cuando están armados de un smartphone siempre encendido, ese riesgo tampoco suele venir al caso: siempre tendrán a mano las herramientas de comparación de precios de Amazon. No cabe duda de que los consumidores ganan, pero a costa de una sólida y vibrante cultura literaria, basada en la existencia de librerías.
En una época en la que valores como la solidaridad, la equidad y la diversidad no dejan de verse atacados, la capacidad para incorporar más información a nuestras decisiones no hace sino acelerar su desaparición. En realidad, la ignorancia puede ser un alivio, sobre todo si lo que nos espera junto al conocimiento es la orden de ser más eficiente, competitivo y provechoso. A falta de otros proyectos radicales que cuestionen el statu quo, la ignorancia o, más bien, la fundamentada negativa a saber, puede ser un poderoso antídoto contra los constantes esfuerzos que se hacen por reducirlo todo a un conocible nivel de precio, porque su propia existencia ya formatea a los ciudadanos, que pasan a ser consumidores.
La razón de que lo que nos cuentan los emprendedores hipertecnológicos estadounidenses nos suene tan bien es que siempre presentan el conocimiento como algo apolítico, ajeno a la pugna actual entre ciudadanos y Gobiernos o entre ciudadanos y grandes empresas. En el mundo de ensueño de Silicon Valley, los ciudadanos corrientes tienen casi tanto poder como las aseguradoras, de manera que, según su razonamiento, la información sobre nuestros niveles de actividad deberá necesariamente concederles a ambos la misma un mismo margen de maniobra.
Desde esta perspectiva, las iniciativas destinadas a vincularlo todo, personas y objetos, en un mismo Internet de las Cosas («La próxima frontera para el “Internet de las Cosas”: los bebés», se lee en un reciente titular de la página web económica CNBC) solo podrá significar que los espacios de imperfección que temporalmente nos permitían relegar el triunfo de la lógica mercantil en todos los ámbitos de la vida social irán menguando todavía más. Y si la conectividad permanente es esencial para que esa lógica ejerza el control de nuestra vida, la única autonomía por la que, tanto a los individuos como a las instituciones, les merecerá la pena luchar será la que florezca en la opacidad, la ignorancia y la desconexión. El derecho a conectarse es importante, pero también el derecho a desconectarse.
 
Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation. "El País", 17-IV-2015

lunes, 9 de marzo de 2015

jueves, 5 de marzo de 2015

CULTURA Y LECTURA



VIDA SIN CULTURA

Casi han desaparecido el acto de leer y la mirada reflexiva sobre el arte producido durante milenios. Síntoma de este deterioro es la abrupta sustitución de la lógica filosófica por la del emprendedor en la reforma educativa.

Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.
De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.
El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.
Quien escuche una opinión semejante rápidamente alegará que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser así, habríamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es lógico, las nuevas tecnologías, extraordinarias productoras de imágenes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probaría que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, confía su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, ¿cuál es la calidad de su mirada? ¿Mira auténticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con móviles y cámaras fotográficas, que son casi todos por la presión del denominado turismo cultural.
Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Pietà en la Basílica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; apóstense, más bien, a un lado y miren a los que tendrían que mirar. La conclusión es fácil: en su mayoría no miran porque únicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a través de su cámara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las imágenes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galerías. ¿Alguien tiene tiempo de pensar en la ambigua ironía de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel Ángel? Es más: ¿alguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?
Paradójicamente, nuestra célebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captación del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente paródico, ilustra bien la orientación presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simultáneamente, un acto superficial, amnésico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigiría una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elección desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idolátrica es un vertiginoso consumo de imágenes que se devoran entre sí. Al adicto a esta mirada, al ciego mirón, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco está en condiciones de confrontarse con las imágenes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.
De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y oídos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la “lógica del emprendedor” no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la “lógica del emprendedor”, aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.
El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.
Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.
Rafael Argullol 
(El País, 6-III-2015)