lunes, 30 de julio de 2018
sábado, 7 de abril de 2018
miércoles, 10 de enero de 2018
sábado, 6 de enero de 2018
sábado, 25 de noviembre de 2017
CLOACAS
El último rey de Roma, llamado Tarquinio Prisco, en el siglo VI antes de Cristo, mandó construir la cloaca máxima para canalizar y verter en el Tíber las infectas marismas junto con todos los desechos de la ciudad. Esa obra monumental ejecutada por etruscos está todavía en servicio. Con el tiempo sobre ella se levantaron templos, palacios, arcos de triunfo, el foro imperial, el Coliseo, el Vaticano y las basílicas cristianas. Por la raíz de estos mármoles sagrados discurría una corriente putrefacta y en ella navegaba toda clase de despojos. El derecho, el arte y la cultura clásica, que nos han nutrido, se elaboraron sobre esta inmundicia. La cloaca máxima, que en su origen fue una gran obra de ingeniería, a lo largo de la historia ha tomado otras formas invisibles e igualmente nauseabundas. El Estado moderno, y todos los crímenes que llevan su nombre, se asientan sobre una ciénaga semejante a la de Roma. Los bajos fondos del poder están llenos de reptiles que se pasean con un pistolón colgado de la axila y sobre este pozo ciego gritan y gesticulan los políticos, dictan sentencias los jueces, desfilan los ejércitos. En la actualidad, la cloaca máxima discurre a través de las redes sociales. El albañal que soportaba los mármoles de la ciudad eterna y la caja de Pandora, que contiene un nudo de serpientes, fundamento del Estado moderno, se han transformado en esa corriente de odio y frustración que aflora desde el anonimato en millones de tuits llenos de rebuznos, insultos, calumnias, mentiras y venganzas. Sobre la cloaca de las redes se eleva hoy el trono de un invisible rey Tarquinio con todo su poder digital, capaz de alterar el curso de la historia solo con los dedos sobre un teclado. ¿Pero, qué templos, qué palacios, qué arcos de triunfo, qué clase de cultura se puede levantar sobre este basurero?
Manuel Vicent (El País, 26/XI/2017)
domingo, 8 de octubre de 2017
sábado, 8 de julio de 2017
DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE SIMONE VEIL
Primera imagen de Simone Veil. Septiembre de 1979, durante esas fechas, entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, que la tradición denomina “días terribles”. Es una foto en blanco y negro, en la calle Geoffroy l'Asnier, en París, ante el Memorial del Mártir Judío Desconocido. En el estrado, un joven con la cabeza descubierta pronuncia un discurso de homenaje a los muertos de la Shoá. Ella está en primera fila, de pie, muy bella, perdida en sus pensamientos pero evidentemente atenta. Escéptica y severa. Incrédula y cautelosa. Más tarde, le dirá al joven en un tono de amable reproche: “Demasiado lírico”.
Algunos años antes, Simone había pronunciado ante el Parlamento el discurso que iba a cambiar la vida de las mujeres francesas y a marcar el septenio de Giscard d'Estaing como la abolición de la pena de muerte marcaría el de François Mitterrand. Simone parecía la Romy Schneider de El proceso de Orson Welles. Se la veía determinada pero forzada. En sus palabras, había desaprobación pero también una infinita melancolía. No creo que “llorase” tras el discurso, pero no dudo que vivió aquellos momentos en lo que cierto teólogo llamó “soledad última”.
A partir de entonces, recibiría toda clase de honores, sería celebrada, beatificada en vida y venerada pero, paradójicamente, llevaría una existencia furtiva en una época a la que nunca se adaptó del todo.
Siempre fue un enigma para sus contemporáneos, siempre ligeramente retraída, aunque tan transparente a sus propios ojos como es humanamente posible.
Simone era consciente de su misión, de la dirección que había tomado su destino y, también, de su deseo —al que nunca renunció— de romper con lo que una vez, en París, durante la manifestación de apoyo a las víctimas del atentado de la calle Copérnico, llamó “derelicción judía”.
Quién eres cuando has vivido lo imposible: mirar a la muerte a los ojos? ¿Cómo no guardar las distancias cuando has conocido en carne propia la doble experiencia del desastre y el milagro?
Nada la enojaba más que escuchar una y otra vez: “La Shoá es inenarrable y por eso los supervivientes, cuando regresaron, se encerraron en el silencio”. “Pues no”, tronaba ella. Ellos no pedían otra cosa que hablar. Era el mundo el que no quería escuchar. Y al contrario que el tópico que pretende que en el principio era la memoria y que esta fue reemplazada poco a poco por el olvido, ella pensaba que, para la generación de los campos, primero fue el olvido y la memoria tuvo que construirse paso a paso e imponerse a la banalización y a la negación.
¡Qué malestar cuando, ministra o eminencia, intentaba abordar el tema! ¿Y qué pensó cuando, durante una recepción, un hombre le preguntó si el tatuaje que llevaba en el brazo era el número del guardarropa?
Una vez nos peleamos. Fue en 1993. Yo acababa de llevarle a François Mitterrand un mensaje del presidente bosnio Izetbegovic, en el que este comparaba Sarajevo con el gueto de Varsovia; luego, había organizado un encuentro en París entre ambos mandatarios, con ocasión del cual Simone, Izetbegovic y yo cenamos en la cervecería Lipp junto con otros amigos de Bosnia. Ella no se anduvo por las ramas: “Las comparaciones son odiosas. Por extrema que sea la situación bosnia, equiparándola con el incomparable sufrimiento judío no le hacemos un favor a nadie”. Izetbegovic asintió con la cabeza y, curiosamente, pareció estar de acuerdo.
Era imperiosa y dulce. Irascible y generosa.
En su defensa, hay que decir que nadie ha identificado con tanta precisión como ella los rasgos que, efectivamente, singularizan la Shoá. Fue un crimen, decía: 1. Sin huellas (ni órdenes escritas ni directivas oficiales, nunca, en ninguna parte); 2. Sin tumbas (su padre, su hermano, su madre, desaparecieron convertidos en cenizas y humo, sin otra tumba que su memoria y, al final de su vida, su autobiografía); 3. Sin ruinas (Auschwitz, cuando ella regresa años después, es un lugar apaciguado, neutralizado, aseptizado); 4. Sin escapatoria (un sarajevita tenía, al menos en teoría, la posibilidad de abandonar Sarajevo; un ruandés, Ruanda; un camboyano, Camboya; lo propio del Holocausto fue que no había ningún lugar adonde ir: el mundo era una trampa); 5. Sin el menor rastro de racionalidad (cuando tuvieron que escoger entre dar paso a un tren con tropas de camino al frente o a otro con judíos de camino a los hornos, los nazis siempre escogieron este último).
, luego, estaba Europa. Después de la guerra, había dos actitudes. La de Jankélévitch: culpabilidad ontológica de Alemania; corrupción definitiva de su lengua por las huestes hitlerianas; juramento de no volver a tener nada que ver ni con esa lengua ni con ese pueblo. Y la de Simone Veil: no hay culpabilidad colectiva; el alemán es la lengua del nazismo pero también del antinazismo; es posible levantar una Europa cuyos pilares serán, precisamente, esa Francia y esa Alemania que guardan luto por sus fantasmas.
Según Bachelard, el mundo puede reducirse a una serie de copyrights. La relatividad según Einstein. La duda según Descartes. La risa según Bergson o el infierno según Dante. Del mismo modo: Europa según Simone Veil. Pues ¿qué otro nombre sino el suyo me viene a la cabeza en este preciso instante si intento ponerle cara a la princesa Europa?
La última vez que hablé con ella fue hace 10 años, cuando le entregué el Premio Scopus de la Universidad de Jerusalén. Estaba con Antoine, el hombre de su vida. Con Jean y Pierre-François, sus hijos. Cansada pero batalladora. Intranquila pero libre de nostalgia. En su elogio de la paz, la ciencia y el derecho, dijo, como en respuesta a un filósofo al que reprobaba: “Solo una palabra puede salvarnos”.
Bernard-Henri Lévy (El País, 9/VII/2017)
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