lunes, 15 de abril de 2019

¡ARDE LA CATEDRAL DE NOTRE DAME!


 

La catedral de Notre Dame (París), uno de los símbolos de la civilización cristiana, arde en estos momentos. Parece una trágica metáfora de nuestra decadencia. Urge que tomemos conciencia de la importancia de nuestra cultura y de los valores que la acompañan, la mejor que ha producido la historia de la Humanidad, pero en serio peligro de desmoronamiento.
 
  "En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior expresión que yo traduciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido. El tiempo devasta, pero el hombre es el mayor devastador. (Ovidio, Metamorfosis.) Si para examinar con el lector, dispusiéramos, una a una, de las distintas huella destructoras impresas en la vieja iglesia, las producidas por el tiempo resultarían muy inferiores a las provocadas por los hombres, especialmente por los hombres dedicados al arte. Tengo forzosamente que referirme a estos hombres dedicados al arte pues, en este sentido, han existido individuos con el título de arquitectos a lo largo de los dos últimos siglos. En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bordado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados  en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varia a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno".
(Víctor Hugo, Notre Dame de París)
 

jueves, 21 de marzo de 2019

martes, 26 de febrero de 2019

LIBERTAD EN LA ERA DIGITAL


Edipo rey, la espléndida tragedia de Sófocles, ha quedado para la historia como uno de los ejemplos palmarios de que la libertad no existe, sino que las personas actuamos determinadas por alguna suerte de destino. El oráculo de Apolo predice a Layo, rey de Tebas, y a su esposa, Yocasta, que, en caso de tener un hijo, matará a su padre y se casará con su madre. Los reyes desoyen al oráculo, nace Edipo y lo entregan a un pastor para que lo haga desaparecer. Pero el augurio se cumple inexorablemente, Edipo asesina en un cruce de caminos a Layo, ignorando que es su padre, se casa con Yocasta, sin saber que es su madre y, siendo ya rey de Tebas, descubre la terrible verdad: no ha actuado libremente, ha seguido en todo momento el guion marcado por el hado. Destrozado por el descubrimiento, se arranca los ojos y Yocasta se quita la vida. Y queda sin responder la pregunta: ¿por qué se dañan de forma tan terrible si no podían obrar de otro modo? ¿Es que en realidad se sentían empecinadamente libres?
Es apasionante comprobar cómo Edipo rey relata en versión literaria lo mismo que narraban los filósofos estoicos en forma de sistema racional: la enorme dificultad de explicar las acciones humanas desde dos perspectivas, desde la creencia espontánea de que somos libres y, por lo tanto, responsables de nuestros actos, y el empeño en explicar por causas cuanto sucede y en decretar a renglón seguido que la libertad es una ilusión. Es lo que se ha dado en llamar la aporía determinismo-libertad, que recorre la historia hasta nuestros días, vuelve a la luz en cada época contando en distintas versiones la tragedia de Edipo, y en cada una de ellas muestra su rostro de callejón sin salida.
En cuanto una ciencia sube al pódium en el conjunto de los saberes, una parte de sus defensores se vuelve imperialista e intenta explicar la totalidad de los movimientos de la naturaleza y la conducta de los seres humanos desde la clave explicativa de su ciencia. Los estoicos recurrieron a una ley natural, que todo lo dirige y es a la vez destino y providencia, el mundo medieval y sobre todo el de la Reforma y la Contrarreforma plantearon la aporía en términos teológicos, preguntando si es Dios quien determina la salvación y la condenación o cabe un margen para la voluntad libre. La disputa tuvo también su trasunto literario en dramas como El condenado por desconfiado, que el pueblo veía con gusto y entendía como sucedía en el caso de Edipo. Más tarde continuaron la saga de los determinismos el económico, el psicoanalítico y en los “penúltimos tiempos, el genético y el neurocientífico.
En todos estos casos una parte de los científicos impuestos en el saber preponderante cree descubrir que la libertad es una ficción, un mito, una superstición, y se siente orgullosa de revelar la noticia a sus ingenuos congéneres para darles una pátina de ilustración. A renglón seguido suele invitarles a construir una sociedad mejor, cayendo en la contradicción palmaria que ya detectaron los filósofos platónicos cuando preguntaban a los estoicos por qué se empeñaban en hablar de ética, en enseñar cómo se debe vivir, si no está en nuestras manos actuar de una forma u otra.
La historia se repite hoy a cuento de las tecnociencias digitales, aliadas con un sector de las neurociencias. De nuevo gurús bien conocidos revelan que todo está programado en los cerebros humanos y que son dignos de compasión los pobres Edipos, Layos y Yocastas, la ciudadanía embaucada por el mito de su libertad. En realidad —dicen los nuevos oráculos— es la combinación de genes, neuronas y mundo social, que no hemos elegido, la que decide en todos los casos, de forma que las personas no decidimos nada libremente.
Como es obvio, se trata de una antiquísima falacia, la trampa de confundir determinación y condicionamiento. Porque nadie en su sano juicio dará por bueno que una persona toma decisiones sin estar condicionada por un buen número de factores que no ha elegido nunca. Es lo que se ha dado en llamar la “lotería natural”, que consiste en las características biológicas con las que nacemos, y la “lotería social”, es decir, el entorno cultural en el que nos socializamos y vivimos. Las dos loterías caen en suerte a cada quien sin mérito ni culpa por su parte y condicionan sus actuaciones. Pero sucede que las palabras son un tesoro muy valioso y es necesario cuidarlas con esmero para saber de qué estamos hablando: estar condicionado al actuar no es lo mismo que estar determinado, de forma que no exista un ápice de libertad, sino reconocer que la libertad humana nunca es incondicionada, nunca es absoluta, sino que se mueve en un mundo de condicionamientos, algunos de los cuales posibilitan el ejercicio de la libertad y otros la obstaculizan.
Y precisamente una de las grandes tareas del siglo XXI consiste en aprovechar los impagables avances tecnocientíficos para construir un mundo más justo desde nuestra indeclinable libertad. Por eso resulta asombroso que algunos gurús, como es el caso reciente de Harari, decreten una vez más la inexistencia de la libertad, dando como razón además que algoritmos poderosos, manejados por Gobiernos o empresas, pueden conocernos mejor que nosotros mismos e intentar manipular nuestras decisiones de forma personalizada. Afortunadamente, que lo intenten no significa que lo consigan y ése es el espacio de la libertad.
Es bien sabido que en Alemania, poco después de que Hitler tomara el poder, se creó el Ministerio de Ilustración del Pueblo y Propaganda, bajo el liderazgo de Joseph Goebbels. Como también que la clave de Un mundo feliz de Aldous Huxley para mentalizar a sus habitantes de modo que estén satisfechos con el lugar que ocupan en la escala social no es sólo la manipulación genética, ni siquiera el soma, la droga que proporciona la felicidad, sino sobre todo la hipnopedia, la mentalización a través de palabras sin razonamiento, que constituye, según Huxley, “la mayor fuerza socializadora y moralizadora de todos los tiempos”. Pero como también sabemos, en Alemania existieron los disidentes y existieron en el mundo de Huxley y en todos los mundos reales y pensables.
Precisamente saber que la lotería natural y social existe es lo que incita al liberalismo y al socialismo preocupados por construir sociedades justas a intentar igualar las oportunidades y a empoderar las capacidades personales de modo que todos puedan alcanzar sus metas en las condiciones más próximas posible a la igualdad. Reducir las desigualdades es uno de los grandes desafíos del siglo XXI, y en esa tarea cabe utilizar la gran riqueza que aportan los progresos de ese mundo técnico que es el nuestro, siempre que se oriente desde la libertad inteligente de una ciudadanía lúcida. Éste sí que es el más valioso principio de la Ilustración, que exige servirse de la propia razón y no ponerse en manos de mitos y supersticiones como los que niegan la existencia de la libertad.
 
Adela Cortina (El País / 26-II-2019)

miércoles, 23 de enero de 2019

domingo, 6 de enero de 2019

LOS CEREBROS "HACKEADOS" VOTAN

YUVAL NOAH  HARARI
La democracia liberal se enfrenta a una doble crisis. Lo que más centra la atención es el consabido problema de los regímenes autoritarios. Pero los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos representan un reto mucho más profundo para el ideal básico liberal: la libertad humana.
El liberalismo ha logrado sobrevivir, desde hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.
Para asimilar este nuevo desafío, empecemos por comprender qué significa el liberalismo. En el discurso político occidental, el término “liberal” se usa a menudo con un sentido estrictamente partidista, como lo opuesto a “conservador”. Pero muchos de los denominados conservadores adoptan la visión liberal del mundo en general. El típico votante de Trump habría sido considerado un liberal radical hace un siglo. Haga usted mismo la prueba. ¿Cree que la gente debe elegir a su Gobierno en lugar de obedecer ciegamente a un monarca? ¿Cree que una persona debe elegir su profesión en lugar de pertenecer por nacimiento a una casta? ¿Cree que una persona debe elegir a su cónyuge en lugar de casarse con quien hayan decidido sus padres? Si responde sí a las tres preguntas, enhorabuena, es usted liberal.
El liberalismo defiende la libertad humana porque asume que las personas son entes únicos, distintos a todos los demás animales. A diferencia de las ratas y los monos, el Homo sapiens, en teoría, tiene libre albedrío. Eso es lo que hace que los sentimientos y las decisiones humanas constituyan la máxima autoridad moral y política en el mundo. Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas.
Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica.
Este mito tiene poca relación con lo que la ciencia nos dice del Homo sapiens y otros animales. Los seres humanos, sin duda, tienen voluntad, pero no es libre. Yo no puedo decidir qué deseos tengo. No decido ser introvertido o extrovertido, tranquilo o inquieto, gay o heterosexual. Los seres humanos toman decisiones, pero nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a mi control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar, mi cultura nacional, etcétera; todos ellos, elementos que yo no he elegido.
Esta no es una teoría abstracta, sino que es fácil de observar. Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. ¿De dónde ha salido? ¿Se le ha ocurrido libremente? Por supuesto que no. Si observa con atención su mente, se dará cuenta de que tiene poco control sobre lo que ocurre en ella y que no decide libremente qué pensar, qué sentir, ni qué querer. ¿Alguna vez le ha pasado que, la noche anterior a un acontecimiento importante, intenta dormir pero le mantiene en vela una serie constante de pensamientos y preocupaciones de lo más irritantes? Si podemos escoger libremente, ¿por qué no podemos detener esa corriente de pensamientos y relajarnos sin más?
Aunque el libre albedrío siempre ha sido un mito, en siglos anteriores fue útil. Infundió valor a quienes lucharon contra la Inquisición, el derecho divino de los reyes, el KGB y el Ku Klux Klan. Y era un mito que tenía pocos costes. En 1776 y en 1939 no era muy grave creer que nuestras convicciones y decisiones eran producto del libre albedrío, y no de la bioquímica y la neurología. Porque en 1776 y en 1939 nadie entendía muy bien la bioquímica, ni la neurología. Ahora, sin embargo, tener fe en el libre albedrío es peligroso. Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.
Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática. La Inquisición y el KGB nunca lograron penetrar en los seres humanos porque carecían de esos conocimientos de biología, de ese arsenal de datos y esa capacidad informática. Ahora, en cambio, es posible que tanto las empresas como los Gobiernos cuenten pronto con todo ello y, cuando logren piratearnos, no solo podrán predecir nuestras decisiones, sino también manipular nuestros sentimientos.
Quien crea en el relato liberal tradicional tendrá la tentación de restar importancia a este problema. “No, nunca va a pasar eso. Nadie conseguirá jamás piratear el espíritu humano porque contiene algo que va más allá de los genes, las neuronas y los algoritmos. Nadie puede predecir ni manipular mis decisiones porque mis decisiones son el reflejo de mi libre albedrío”. Por desgracia, ignorar el problema no va a hacer que desaparezca. Solo sirve para que seamos más vulnerables.
Una fe ingenua en el libre albedrío nos ciega. Cuando una persona escoge algo —un producto, una carrera, una pareja, un político—, se dice que está escogiéndolo por su libre albedrío. Y ya no hay más que hablar. No hay ningún motivo para sentir curiosidad por lo que ocurre en su interior, por las fuerzas que verdaderamente le han conducido a tomar esa decisión.
Todo arranca con detalles sencillos. Mientras alguien navega por Internet, le llama la atención un titular: “Una banda de inmigrantes viola a las mujeres locales”. Pincha en él. Al mismo tiempo, su vecina también está navegando por la Red y ve un titular diferente: “Trump prepara un ataque nuclear contra Irán”. Pincha en él. En realidad, los dos titulares son noticias falsas, quizá generadas por troles rusos, o por un sitio web deseoso de captar más tráfico para mejorar sus ingresos por publicidad. Tanto la primera persona como su vecina creen que han pinchado en esos titulares por su libre albedrío. Pero, en realidad, las han hackeado.
La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos. Cuando Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades concretas de cada cerebro. Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.
Y este no es más que el principio. Por ahora, los piratas se limitan a analizar señales externas: los productos que compramos, los lugares que visitamos, las palabras que buscamos en Internet. Pero, de aquí a unos años, los sensores biométricos podrían proporcionar acceso directo a nuestra realidad interior y saber qué sucede en nuestro corazón. No el corazón metafórico tan querido de las fantasías liberales, sino el músculo que bombea y regula nuestra presión sanguínea y gran parte de nuestra actividad cerebral. Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas. ¿De qué habrían sido capaces la Inquisición y el KGB con unas pulseras biométricas que vigilen constantemente nuestro ánimo y nuestros afectos? Por desgracia, da la impresión de que pronto sabremos la respuesta.
El liberalismo ha desarrollado un impresionante arsenal de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales contra ataques externos de Gobiernos represores y religiones intolerantes, pero no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos “libertad” e “individual” ya no tienen mucho sentido. Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.
Este consejo no es nuevo, por supuesto. Desde la Antigüedad, los sabios y los santos no han dejado de decir “conócete a ti mismo”. Pero en tiempos de Sócrates, Buda y Confucio, uno no tenía competencia en esta búsqueda. Si uno no se conocía a sí mismo, seguía siendo una caja negra para el resto de la humanidad. Ahora, en cambio, sí hay competencia. Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político.
Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.
Si no podemos llegar a conocernos a nosotros mismos mediante nuestros propios esfuerzos, tal vez la misma tecnología que utilizan los piratas pueda servir para proteger a la gente. Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona —los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre Trump— y podrá bloquearlos para defendernos.
No obstante, todo esto no es más que un aspecto marginal. Si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política? Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño. Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos. Así que ¿cómo confiar en ninguno de mis sueños?
Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido?
A veces la gente piensa que, si renunciamos al libre albedrío, nos volveremos completamente apáticos, nos acurrucaremos en un rincón y nos dejaremos morir de hambre. La verdad es que renunciar a este engaño puede despertar una profunda curiosidad. Mientras nos identifiquemos firmemente con cualquier pensamiento y deseo que surja en nuestra mente, no necesitamos hacer grandes esfuerzos para conocernos. Pensamos que ya sabemos de sobra quiénes somos. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que “estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas”, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es. Y ese puede ser el principio de la aventura de exploración más apasionante que uno pueda emprender.
Poner en duda el libre albedrío y explorar la verdadera naturaleza de la humanidad no es algo nuevo. Los humanos hemos mantenido este debate miles de veces. Salvo que antes no disponíamos de la tecnología. Y la tecnología lo cambia todo. Antiguos problemas filosóficos se convierten ahora en problemas prácticos de ingeniería y política. Y, si bien los filósofos son gente muy paciente —pueden discutir sobre un tema durante 3.000 años sin llegar a ninguna conclusión—, los ingenieros no lo son tanto. Y los políticos son los menos pacientes de todos.
¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad.
Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente. En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.
Cuando uno intenta entregarse a estas fantasías nostálgicas, acaba debatiendo sobre la veracidad de la Biblia y el carácter sagrado de la nación (especialmente si, como yo, vive en un país como Israel). Para un estudioso, esto es decepcionante. Discutir sobre la Biblia era muy moderno en la época de Voltaire, y debatir los méritos del nacionalismo era filosofía de vanguardia hace un siglo, pero hoy parece una terrible pérdida de tiempo. La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.
¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.
 
YUVAL NOAH  HARARI (El país, 6-I-2019)
 

jueves, 27 de diciembre de 2018

SIMCHA ROTEM KAZIK


Simcha Rotem Kazik, el último superviviente de la Rebelión del Gueto de Varsovia (1943), murió el día 22 de diciembre en Jerusalén. Luchó junto a Mordejai Anielevich y otros combatientes judíos en la hazaña más heroica de la historia de la humanidad, así lo anunció el presidente israelí Reuven Rivlin en un comunicado.
 
LA MEMORIA DE LOS JUSTOS NUNCA SE OLVIDARÁ